Martí es un hombre que respira

marti-patria-humanidadEn febrero 24 los cubanos celebran el aniversario del reinicio de las guerras por la independencia cuya organización se atribuye a José Martí.

Más de un siglo después de aquel suceso de 1895, año en el que también caería en combate, Martí pervive de manera singular en sus conciudadanos.

Devenido Apóstol de ese proceso, el notable intelectual y político fue sujeto de experiencias que condicionaron finalmente los derroteros de su vida.

Para el historiador Julio Sánchez Guerra el presidio político caló el espíritu de un joven maduro al punto de purificar el odio que hedía en el castigo físico y moral, en jornadas extenuantes de trabajo forzado en canteras de piedra.

También determinante en su opinión fue el sosiego encontrado en la Isla de Pinos, en tránsito hacia el exilio, gracias a los cuidados profesados por la familia de un catalán asentado en las afuera de Nueva Gerona, ciudad cabecera de aquella población decimonónica.

Corría el año 1870 y su estancia en esa demarcación bucólica, provocó, sin embargo, la liberación de toda su angustia.

“Creo que los dolores fueron tan grandes en la vida de Martí, que la frase que más trabajo me ha costado entender es aquella donde dice: tengo miedo morirme sin haber sufrido bastante, pues por momentos parecía una invitación a la autoflagelación”, revela Sánchez Guerra.

Y encuentra respuesta el investigador en una obra que expone la grandeza de un hombre que tan temprano lo descubre todo.

“Cuando te lees el Presidio Político en Cuba, ya ahí están las raíces, los fundamentos del pensamiento más profundo de un joven que es viejo por la gran experiencia acumulada, por los saberes y los dolores que ha acumulado en un tiempo tan breve”, explica este estudioso de la vida de José Martí.

A propósito, detalla que en esa lectura, de las tantas frases, el nombre de Lino Figueredo se repite 47 veces.

Tuvo la necesidad de contarlos, porque como recurso podía ser una anáfora, no obstante subyacía algo más que un artilugio literario y reconoce la existencia de un tábano doloroso que persigue al hombre autor de esas páginas.

Y es que Lino Figueredo tiene 12 años, y él, Martí, de 17 cumplidos en la cárcel, se preocupa por ese niño, quien además desconoce las causas por las cuales está allí.

Hay una inocencia que avergüenza a España, remarca Sánchez Guerra y recuerda las líneas de Martí: “Mi alma volaba hacia su alma, mi vida hubiera dado por su vida”

“Eso para mí es clave para entenderlo”, destaca y comienza a enumerar una serie de condicionantes: “17 años, arrastrando grillete, con látigo-porque el esfuerzo físico fue tremendo- jornadas bajo el sol de 12 horas, subalimentado, durmiendo con cadena, viendo la muerte…”

Luego, en una isla apenas poblada por 3 mil habitantes, de ellos, 300 deportados, debió ver a los vagabundos de la calle Pinillos, de la calle Real; debió verlos pidiendo por limosna y comida; debió ver que nadie se ocupaba de esas personas, que Lino Figueredo estaba en otros niños que no tenían esperanza.

Con todo, no pierde la fe en los hombres y menos devuelve todo eso con odio: la Isla de Pinos y la Finca El Abra fueron como una segunda prueba y también una suerte de sanatorio físico y espiritual, según el criterio de Sánchez Guerra.

Aunque cualquier testimonio se perdió, en Martí el acto de dar estuvo por encima del acto de pedir; “que haya transitado por esta isla-sanatorio y, al mismo tiempo él se convirtiera en un curador sin que lo supieran, es algo que conmueve.”

En su búsqueda de esas esencias, el poeta y narrador confiesa que mientras fue director del museo que es en la actualidad la finca, en varias ocasiones se encerró en el cuarto de Martí.

“Lo hice, primero, porque el piso es original; la familia Sardá tuvo allí un corral de cerdos en la década del 20 del pasado siglo, después el ciclón de 1926 destruyó todo eso, pero los ladrillos donde él pisó permanecen”.

Y luego, el espacio deviene también en razón: está ahí el sitio donde él, Martí, respiró, desde el cual vio la salida del sol que le salía por la ventana del Este, desde el cual podía atender a la cocina, que le quedaba cerca, para probar el café entre la luz y el canto de los pájaros a la izquierda.

Todo, para, “de algún modo, en ese silencio poder captar al joven, porque puedo hablar desde aquí, pero es que situarse en ese espacio, en su piel, en su tiempo, es un ejercicio muy difícil, imposible”, reconoce.

La mayor aproximación puede resultar de una transportación imaginaria que lo sitúe en ese espacio; según Sánchez Guerra, “solo desde ese acto podemos comprender al Martí que vivió en esta Isla tremenda.”

No se imagina este profesor a un Martí busto, Martí callado; al contrario, es un hombre que respira y no en sentido metafórico, advierte.

“A los cuatro años, el primer busto que vi de Martí era de Jilma Madera, en el parque de mi pueblo, Pilón, que es una réplica del que está en el Pico Turquino; yo vi a un hombre que respiraba entre mi imaginación y mi miedo, yo me espanté y dije: está vivo, respira”.

Martí enfatiza, es eso, lo que dice el poeta, de esos muertos que no paran de nacer, o mejor, de esos vivos que no paran de nacer, de esos vivos que no saben morir.

 Por Alain Planells (Redacción de Cultura de Prensa Latina)

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