Portadora de grandeza

Por Clara Maylín Castillo

HaitíHaití es uno más de sus destinos; sin embargo, Amelia Silva Martínez lo afronta con todo el ímpetu que implica la novedad.

A sus 62 años, esta enfermera natural de Santiago de Cuba ignoró los avatares de la edad, sus casi cinco décadas de entrega laboral, y se enroló, hace seis meses, en una misión internacionalista que le llevaría no a un lugar citadino, limpio y menos propenso a ciertas precariedades, sino a la comuna rural Trou du Nord, donde se acumulan la miseria, la superstición y el primitivismo.

En el Hospital Comunitario de Referencia Clínico Quirúrgico, enclavado en la localidad, Silva Martínez sobrelleva la distancia de su familia con una dedicación especial a su labor de enfermera endoscopista, recibiendo como máxima recompensa la sonrisa inocente y agradecida de los niños que quedan a su cuidado.

“Lo que más me ha llamado la atención en el día a día es el agradecimiento ilimitado de este pueblo tan humilde, sumido en la pobreza como resultado de tantos años de colonialismo”, comenta, de cara al contexto haitiano.

“Hay una aceptación excepcional para el pueblo cubano y tenemos la posibilidad de comparar la realidad de nuestro país con la realidad que vemos aquí, lo que nos hace afianzar aún más el espíritu revolucionario y de patriotismo, y tener presente que nuestra Revolución hay que defenderla a cualquier precio”.

PARA SORTEAR ESCOLLOS, EL HUMANISMO

“Más que enfermeras, hemos tenido que ser madres, amas de casa, maestras, en resumen, dignas exponentes del legado de nuestra inolvidable Vilma Espín”, expresó, al pensar en las dificultades que le imponen a diario las circunstancias.

A diferencia de su trabajo sosegado en el Policlínico Jimmy Hirtzel, de Bayamo, el servicio en Haití le expone drásticamente las putrefacciones del capitalismo, la carencia, el imposible de los humildes, el dolor, y de este modo le suministra lo que ella considera el mayor aporte de su ayuda a otros pueblos: la grandeza como ser humano.

Quien no lo ha vivido, creería que sus misiones anteriores en Angola, Pakistán y Venezuela deberían haberle inmunizado contra la conmoción causada por el sufrimiento ajeno. Pero Amelia sigue vulnerable por empatía.

“No es fácil estar en una zona de difícil acceso, sin luz ni agua, y ver a las personas, entre ellas niños, ancianos, descalzos, desprotegidos, en muchos de los casos sin alimentación, y vernos muchas veces cruzados de brazos ante la necesidad de un medicamento con el que no contamos y que ellos no tienen dinero para comprar en las farmacias particulares”.

Ante los retos del panorama extranjero, esta mujer planta, en colectivo, toda su destreza profesional más un torrente de humanismo.

“Un día nos llegó a la sala de partos una joven de 18 años con severas convulsiones producto de una eclampsia gravídica, la cual llevaba más de 48 horas en trabajo de parto, ayudada por una partera”, relató, feliz esta vez por el desenlace.

“Al esta no poder solucionar el problema, la manda con el vudú, el cual la retuvo por más de ocho horas golpeándola con gajos en el abdomen. Cuando llegó a nosotros se encontraba convulsionando, con cifras muy elevadas de tensión arterial, con un sangramiento profuso y un sufrimiento fetal severo. Al ser valorada por nuestro equipo de salud, no reuníamos las condiciones necesarias para su intervención en nuestro centro y era necesario remitirla a otro centro especializado, pero su familia no contaba con recursos económicos para pagar la ambulancia ni los servicios que se le prestarían en el otro hospital donde no hay personal cubano”.

“Después de analizar varias alternativas, todo fue infructuoso y llegó un momento en el que el ánimo de la brigada decayó grandemente. Pero decidimos que no podíamos dejar que la joven muriera. Así que comenzamos a recoger dinero, y donamos petróleo de la generación eléctrica de nuestra casa para que se pudiera trasladar y pagar la atención de la joven en el otro centro”.

Aunque Amelia Silva Martínez tiene su propia alforja de reconocimientos, incluidos la Medalla Piti Fajardo, la 23 de Agosto y el Sello de Educador Ejemplar, que bien han laureado sus valores como enfermera, ella opina que algo premia más allá del mero conocimiento, pues todos los días se siente estimulada en medio de un panorama negativo.

Ese “algo” está, inefable, en el suspiro de un niño aliviado, en la presión que ejerce una mano anciana, en la eterna gratitud que asoma al rostro de un ser extraño, todo ello como justo resultado de su inagotable y poderosa capacidad de dar.

Acerca de cmkx1938
Emisora provincial de Granma, Cuba.

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