En tierra del hambre

Por Clara Maylín Castillo

Delio2Nadie puede imaginar el riesgo que corrimos, la sed, el hambre que pasamos.

El recuerdo de Etiopía le llega embalsamado en consternación y orgullo, en una paradójica miscelánea que solo es capaz de entender quien, como él, y en la misma medida, ha mirado directo a los ojos del horror humano. Delio Baldoquín Gómez, bayamés de sangre y espíritu, fue uno de los más de 41 mil cubanos que entre 1978 y 1989 se jugaron la vida en la nación etíope, sustentando la Misión Baraguá que apoyaba al gobierno socialista del ex – líder africano Mengistu Haile Mariam.

La gestión de este hombre se caracterizó por la reducción del analfabetismo, el intento de desarrollar económicamente el país, la pretensión de solucionar los graves problemas de salubridad, así como por la agresión somalí, los conflictos civiles y los azotes de la sequía y la hambruna. Tras la caída de la Unión Soviética, la posición de Mengistu al frente de la nación se debilitó y en 1991, acosado por una coalición de fuerzas opositoras, huyó deshonrosamente a Zimbabwe, donde fue acogido por el mandatario Robert Mugabe.

En diciembre de 2006, después de un proceso de 12 años, el Tribunal Supremo Federal de Etiopía condenó a cadena perpetua a Mengistu por cargos de genocidio, crímenes contra la humanidad, homicidio y encarcelamiento ilegal, pero los sucesivos gobiernos etíopes no han conseguido su extradición.

Con solo 22 años, en el lapso 1982-1984, Delio Baldoquín formó parte de la seguridad personal de ese presidente que a la luz de estos días puede resultar controvertido. Innumerables veces ha evocado el pasado entre amigos, familia y compañeros de misión, pero por primera vez cuenta su historia a la prensa, reviviendo los detalles más amargos a más de tres décadas de distancia temporal.

-¿Cómo llega a su vida la propuesta de tomar parte en la misión Baraguá?

En 1981 terminé el Servicio Militar en la unidad 2080, División 50 “Mangos de Baraguá”, en Santiago de Cuba. Me hice conductor mecánico de tanques de guerra. Cuando terminé el ejército fui llamado por el Estado Mayor y me hicieron la entrevista para si estaba dispuesto a cumplir misión. Inmediatamente dije que sí y me dijeron que ya habían hecho un proceso de investigación sobre mí. Había conflicto entre somalíes y etíopes y había una necesidad de ayudar a Etiopía. Por los principios de nuestra Revolución, el internacionalismo, se esperaba que el pueblo de Cuba prestara su ayuda.

-¿No tenía a nadie a su cargo?

No estaba casado ni tenía hijos. Solo tenía a mis padres.

-¿Cómo fue la preparación militar previa a la misión?

Nos concentraron dieciocho días en Nuevitas preparándonos, después estuvimos siete días concentrados en Loma Blanca, en La Habana, y entonces nos trasladamos en barco a Etiopía. El viaje duró 22 días. Nunca había estado cerca del mar. El capitán del barco perdió el rumbo y por cuatro horas anduvimos desorientados. Tuvimos que atravesar cinco mares para llegar. Cuando llegamos, la marea estaba baja y tuvimos que concentrarnos en Yemen Democrático. Nos trasladaron en patana a una playa abandonada, donde debían recogernos a los tres días. El transporte que debía buscarnos no llegó a tiempo y entonces estuvimos ocho días allí, en unas condiciones muy desfavorables. Éramos novecientos cubanos, la mayoría jóvenes de 18 a 22 años. No había agua, el área estaba llena de dientes de perro; aquello era criminal. Estuvimos todo el tiempo en trusa por el calor sofocante, durmiendo sobre aquellas piedras, encima de la ropa y los maletines, y era tanto el cansancio que nos dormíamos así, a la intemperie. No podíamos ni bañarnos porque estaba prohibido bañarse en la playa. Los tres primeros días comimos lo que habíamos bajado del barco. Nos habían dado una merienda para tres días: una cantimplora con agua, dulces, galleta y refresco. Después nos tiraron de un helicóptero bolsas con agua, pomos plásticos de coca cola y sacos con panes incluso en muy malas condiciones, pero bueno, resistimos. Luego llegaron las guaguas y nos repartieron para las diferentes provincias. Yo fui para Addis Abeba, la capital. Era militante de la Juventud y me habían dicho que iba a cumplir una misión muy especial: ser custodio de Mengistu Haile Mariam, el presidente del país.

-¿Por qué Etiopía confió la protección de su presidente a cubanos?

No hice esa pregunta. Me dieron la misión y dije que sí.

-¿Cuál era la razón de que lo escogieran para esa tarea si usted era especialista en tanque? No tenía una preparación militar completa.

Bueno, había pasado el servicio militar.

-Prácticamente todos los cubanos pasan el servicio militar.

No sé. Éramos quince compañeros. Teníamos una unidad independiente a menos de un kilómetro del Palacio Presidencial. Mengistu tenía una escolta etíope y nosotros éramos como una segunda guardia. Para donde él se movía en el territorio nacional, nosotros íbamos detrás. Estuve veintiocho meses allá.
-Atendiendo a la persistencia de la amenaza somalí y a los conflictos civiles que agitaban a Etiopía, esa misión implicaba un riesgo enorme.
Claro.

-¿Qué le aportó desde el punto de vista humano?

Esa experiencia fue muy buena. Aprendimos algo que no teníamos presente: relacionarnos mucho más con un trabajo que era dignamente de entrega total a la defensa de una persona, de un país, que pondría en alto el espíritu revolucionario de cada cubano que estaba allí.

-¿Cómo era la dinámica de su misión?

Trabajábamos días alternos. El día de descanso lo tomábamos para la preparación personal.

-¿No tenían recreación de ningún tipo?

Los cubanos en esas misiones éramos de mucho cuidado. Estábamos en un país que se había declarado socialista, pero allí reinaba mucho el capitalismo. Había partes que eran de portugueses, y ellos dominaban casi toda la economía. Casi todas las fábricas y los intereses eran particulares. Allí había conflictos entre clases de etíopes. Estábamos en un lugar donde se hablaba mucho de los cubanos por lo que allí significábamos, pero por donde quiera podíamos tener un enemigo.

-¿Alguna vez tuvieron que usar las armas?

Nunca. Nosotros llegamos a estar a unos veinte kilómetros de Somalia, donde había compatriotas nuestros que el presidente quería visitar.

-¿Cuán cerca llegó a estar de Mengistu?

Hasta diez metros.

-¿Cómo lo valora?

Posteriormente Mengistu abandonó deshonrosamente su país, pero independientemente de eso era muy humano, atendía muy bien a los cubanos.

-¿Manifestaba ese humanismo con su pueblo?

Creo que lo trató bien.

-¿Cree? ¿Socialmente cuál era la situación?

Yo vi mucha, mucha pobreza; gente detrás de nosotros para que les diéramos comida. Los niños desnudos, personas alimentándose en los tanques de desperdicios. En el campo niños, mujeres, ancianos, jóvenes, morían de sed. La sequía era terrible. Tenían que trasladarse de una provincia a otra, veinte o treinta kilómetros a pie, para buscar agua. Había gente muriendo en cualquier lugar, hasta veíamos los cuerpos tirados. Los recogían y a veces hasta los enterraban mal, a menos de un metro de profundidad, en cementerios que improvisaban en el mismo pueblo. Nosotros los cubanos nos sentábamos a conversar y nos decíamos “¿qué socialismo hay aquí?”. Entonces hablábamos de la diferencia de Cuba con respecto a aquel país. Allí había varias clases, varios idiomas y más de treinta dialectos. Hasta por cuestión de idiomas había conflicto.

-¿Ustedes podían comunicarse con los civiles?

No teníamos esa libertad.

-¿Cómo entendían los mensajes televisivos?

No veíamos televisión. Incluso cuando Granma se ganó la sede del 26 de Julio, en el 83, nosotros tuvimos la posibilidad de oír por radio una parte del discurso del Comandante que entró por España.

-No tenían acceso a los medios de comunicación. ¿Entonces estaba arriesgando su vida en Etiopía sin saber lo que sucedía allí ni lo que ocurría en Cuba?

Exactamente. Sabíamos algunas cosas a través de informaciones que nos daban en el matutino. Nosotros estábamos claros de la misión que íbamos a cumplir.

-¿Había encuentros armados en las calles?

El Ejército, una parte estaba definida, otra parte no. Andaban armados hasta los civiles; hacían un tiroteo, te tiraban una granada por allá. Lo que más pudimos ver fue palo de la policía con jóvenes. Parece que ellos querían usar ese método para educar al pueblo.

-Treinta años es mucho tiempo. Y el tiempo puede desdibujar algunas cosas, del mismo modo en que puede esclarecer zonas que antes parecían oscuras. ¿Ha pensado el peligro en que estuvo por un presidente que abandonó deshonrosamente su puesto?

En diferentes discursos Fidel expresó: “No fue en vano, ni nuca será en vano, los cubanos que estuvieron por largos años prestando servicio desinteresado en Etiopía para salvar a su pueblo y que hoy Mengistu haya abandonado a su propio pueblo”. Y yo también pienso que no fue en vano, pero que el sacrificio nuestro, un pueblo que mandó tantos cubanos a ese país a cumplir una misión tan hermosa, y que posteriormente el propio presidente de esa nación fuera quien la abandonara… Un hombre que había desacreditado un poco nuestra misión, el sacrificio de niños, jóvenes, que no regresaron a su Patria, y el de los que tuvimos la posibilidad de volver. Nosotros tuvimos que utilizar la madera de las cajas que llevaban las balas para hacer cajas y poder enterrar a los cubanos. Muchos familiares de los que perdieron a sus hijos allí hoy hablan cosas… que ese presidente no era merecedor de lo que hicimos allí. Pero a pesar de todo eso, llevo en mi corazón lo que pude ver en ese país, que al comparar demuestra la grandeza de Cuba. Llevo en el corazón que lo hice. Quizás era joven, pero lo hice claro y desinteresadamente, cumpliendo con el deber de la Patria y la Revolución.

Acerca de cmkx1938
Emisora provincial de Granma, Cuba.

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