Urge no olvidar a nuestra más genuina flor mambisa

La historia de la nación cubana no debe olvidar nunca a aquella negra esclava que no pactó su independencia en una carta de liberación, sino en los campos insurrectos. Guerrera con nombre de flor que murió hace ya 107 años, un día como hoy.

Mailenys Oliva Ferrales

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAunque una figura tallada en bronce evoca su estirpe de mujer guerrera, imperturbable siempre ante el sol, la lluvia o el sereno, de alguna manera Rosa “La Bayamesa” se nos ha escurrido entre las líneas de nuestra historia contemporánea- y más preocupante aún- de nuestra historia local, esa que debiera tenerla como estandarte y no como recuerdo empolvado que solo amerita de una flor en fechas conmemorativas.

Por estos días (y todos los días del año) no debiera existir un niño bayamés con más de 5 ó 6 grados de escolaridad vencidos que desconozca los sacrificios de aquella guerrera con nombre de flor, que nacida bajo la marca de la esclavitud y sometida desde sus primeros pasos firmes a los rigores del trabajo en los cañaverales, entregó cada hálito de vida a la liberación de una Cuba colonizada por el yugo español.

Tampoco es posible entender cómo el abandono o la ignorancia se han apoderado del sitio que la Patria destinó a aquella mambisa que sin temor a las balas del enemigo fundó y sostuvo un Hospital en medio de la manigua, incluso durante jornadas intensas de las batallas.

No. No es posible, ni justificable mantener en la epidermis la historia que acompaña la vida de aquella negra esclava, guerrera y capitana. Porque esa bayamesa de apellidos Castellanos Castellanos, que nació un día de 1834 en un barracón para negros traídos del África y que desde que pudo desprenderse de los grilletes de sus amos se incorporó a la Guerra Grande (1868-1878) para después hacerse indispensable en los lomeríos de Camagüey, no amerita menos que el respeto mayor, la admiración profunda y la revelación perpetua de cada uno de sus heroicos actos.

De muy delgada, pero de espíritu enérgico tildaban a aquella mujer que trascendió por sus noblezas, abnegada labor y desmedida bondad en medio de una de las épocas más desgarradoras de la nación cubana.

Cuentan quienes la conocieron que cuando sus enfermos no necesitaban sus cuidados solícitos y maternales cubría turnos en las filas de combate cargando armas, disparando fusiles y manejando el machete con precisión y destreza propia de un hombre de verdadera fortaleza física.

Sin embargo, las urgencias de la guerra no alejaron nunca a Rosa de los más autóctonos hábitos de la ama de casa criolla surgida del folclor afro-cubano. De sus hábiles manos salían comidas de exquisito sabor, cocimientos naturales de efectivos resultados y un café muy suyo, que como mismo ella decía era “café de café”, para distinguirlo del ligado con maíz, arroz o cualquier otra cosa que pudiera tomarse en los campos insurrectos.

Así de sencilla era aquella guerrera que terminada la Guerra del 68´ se fue a la Sierra de Najasa y allí erigió un modesto Hospital de sangre, el cual se bautizó en su nombre “Santa Rosa”. Sitio de sanidad al que por su importancia el General Gómez le ofreció 12 hombres de custodia; pero Rosa solo aceptó dos para no restar combatientes al Ejército.

De aquel “milagroso” lugar surgieron luego historias inolvidables. Un norteamericano de apellido Bertell, quien se encontraba en la Isla durante aquellos días de guerra enfermó gravemente y luego de curarse con Rosa la fiebre palúdica contraída en la manigua escribió en sus notas: “Ella trabaja más y más rápidamente que ninguna otra persona por mí conocida en Cuba, o en otra parte del mundo; y lo hace desde antes de la luz del día hasta bien entrada la noche […] Con un cuidado maternal atiende a todos los heridos y enfermos, sin distinción de grados o color. Las comidas aquí son en abundancia y gustosas; a cada rato ella me regala un cigarro…”

Por su parte el corresponsal del Journal, Mister Grover Flink en su copiosa correspondencia destacaba la obra de La Bayamesa como digna de los mayores encomios por hacer tanto con tan pocos elementos y teniendo por afortunados a los que ingresaban en Santa Rosa; “[…] por lo solícita y generosa que era aquella buena mujer conocida en toda la comarca por sus habilidades como comadrona y enfermera […]”, según sus palabras textuales.

También en cierta ocasión el Doctor Santiago García en una de sus visitas a Santa Rosa se le ocurrió preguntarle a La Bayamesa cómo se las arreglaría cuando se terminasen los efectos para el Hospital. Ella enérgica le respondió: “buscándolos donde los haya. Si yo doy todo lo que tengo para ellos, ¿no cree usted que lo mismo harían los demás?”.

Acaecido más de un año de la afanosa tarea, en mayo de 1896, el Generalísimo Máximo Gómez acampó en la Sierra de Najasa. En cuanto vio a la Bayamesa la abrazó efusivamente, y él que era tan parco en elogios, no cesó de alabarla por el bien que hacía en la insurrección. En premio personalmente le otorgó el grado de Capitana de Sanidad Militar del Ejército Mambí, a raíz de su dedicación patriótica durante las dos guerras. “La Patria agradecida le da este reconocimiento por salvar vidas en una lucha donde se pierden tantas”, destacó.

Sin una belleza física que deslumbrara, pero con una hermosura interior de difícil similitud, Rosa mereció los versos del poeta Pedro Mendoza, quien la delineara brevemente así: “Era negra la espartana, era negra y capitana, de aquella ingente legión que, rendida en el Zanjón, tocó nuevamente diana”.

Según un artículo de la Revista Bohemia, hace ya varios años la señorita mexicana Paqui Martínez le sugirió a la Sociedad Colombista Panamericana la idea de levantar en cada país de América un monumento a la negra esclava libertadora. En Cuba, se decidió, que tal honor debía corresponder a Rosa “La Bayamesa”, la capitana mambisa cuyo corazón dejó de latir el 25 de septiembre de 1907, a la edad de 73 años de edad y con la tristeza de su Cuba intervenida por los EUA.

Su sepelio constituyó una demostración pública de alta distinción, concurriendo al mismo hasta la alta oficialidad del Regimiento #17 de Infantería del Ejército Americano con su Coronel a la cabeza. En aquel acto inédito la bandera de la estrella solitaria, por quien tanto luchara, cubrió sus restos mortales.

Hoy, a más de 100 años de su muerte, todavía reposan sus restos en el Panteón de los Veteranos del Cementerio de Camagüey y la casa donde vivió los últimos tiempos permanece señalizada con una tarja, mientras la calle lleva su nombre.

En Bayamo, donde aún la bibliografía sobre esta heroica mujer es escaza y las especificidades de su quehacer patriótico poco conocidas por los más pequeños, un sitio que debiera ser emblemático de esta urbe, expone la figura en bronce de aquella guerrera mambisa bautizada con nombre de flor, a quien urge no olvidar.

Bibliografía utilizada:
– Texto: Patriotas cubanos, de la Doctora Vicentina Elsa Rodríguez, 1952.
– Testimonio inédito, Periódico La Demajagua, 1989.
– Artículo: “Patriotas cubanas”, de Leopoldo Horrogo, Bohemia, 10 de agosto, de 1965.

Acerca de cmkx1938
Emisora provincial de Granma, Cuba.

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