Revolucionario por azar

Clara Maylín Castillo

revolucionario2Sentado a la sombra de los árboles del Parque Museo Ñico López, un sitio que bien podría calificarse hoy como el más apacible de Bayamo, Alfredo Paneque Álvarez evoca el pasado ominoso de ese lugar, los años en que era el cubil donde se fraguaba el pánico y la tortura.

Cuando fue asaltado el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953, Paneque contaba con solo 12 años. Vivía en la antigua calle Santa Lucía, cerca del Casino, el hostal que albergó a los jóvenes revolucionarios. En los días precedentes al asalto solía visitar la instalación con sus amigos, atraído por los pollos que tenían los jóvenes so pretexto de que querían fundar una granja.

Mi familia era muy pobre. Yo era huérfano de padre, vivía con mi mamá. Ella me consiguió un trabajo en la casa de los Viña, en Zenea. Yo buscaba la leche en la finca de ellos en El Almirante y se las traía para la casa. Por aquí no había carretera. La carretera era por allá por la carretera central, que se cogía por donde está El Alba. El 26 de julio, antes de salir de la casa, yo siento un tiroteo por aquí, pero como yo no sabía nada de eso me fui a trabajar. Cuando voy de aquí para allá, antes de llegar al Manegua, me topo con tres compañeros vestidos de guardia, entre ellos Ñico López, pero por supuesto yo no los conocía. Eran como las cinco de la mañana. Me preguntan que para dónde iba y yo les digo que iba a buscar una leche. Entonces me preguntan que dónde es la ciudad y yo les dije que no sabía lo que era “la ciudad”, porque había mucho atraso en ese tiempo. Les dije que vivía en el pueblo y les indiqué por dónde debían coger para llegar a él. Yo continúo. Cuando llego al Manegua veo que hay un guardia en la esquina del puentecito. Sale cuando voy pasando, me llama y me pregunta que para dónde iba. Ese era Ramiro Sánchez. Yo le digo que iba para la casa de Fernando Viña. Me preguntó si Viña trabajaba en el Gobierno. Le dije que no sabía, que antes yo le llevaba el caballo para Bayamo, pero que ya no estaba trabajando. Entonces me dice “llévame a esa casa”. De abajo del puente subieron tres guardias más. Uno de ellos estaba herido, lleno de sangre. Entonces me dijo Ramiro Sánchez que teníamos que ir por el medio del monte. Yo le dije que había marabú y que nos íbamos a mojar, pero él insistió en que fuera por el medio del monte.

-¿No le alarmaron la sangre del compañero herido y el interés de andar a escondidas?

Sí, pero qué iba a hacer. Yo era un muchacho. Antes de llegar a la casa él me dice que trajera a Fernando Viña, que iban a esperarme en un montecito donde ahora hay un obelisco. Le dije a Fernando que lo buscaban unos guardias y que tuviera cuidado que había uno herido. Fernando Viña se sorprendió cuando vio al hombre lleno de sangre. Estaba apurao, porque él sí sabía las cosas. Yo no, porque no sabía nada. Si me hubieran matado, pues me hubieran matado. Ese día yo los oí hablando con Fernando Viña de que eran del movimiento 26 de Julio, que habían asaltado, todos eran de La Habana, pero yo no asociaba nada de eso, muchacho al fin. Después, cuando vine para el pueblo, fue que me enteré de que los mismos que estaban en el Casino eran los que habían asaltado el cuartel. A esos compañeros que estaban en casa de los Viña se les dio comida y por la noche se pasaban para una barbacoa, a ellos cuatro y a otros dos más que llegaron por otro lado. Fernando Viña les buscó ropa, zapato, médico, y ahí estuvieron cinco o seis días hasta que pasó la murumba esta que había.

-¿Qué vio usted en esa etapa de represalias?

Andaban los casquitos dando vueltas para arriba y para abajo, cogían gente presa y hacían barbaridades. Nosotros veníamos por aquí a buscar mangos. A veces se oían los gritos cuando torturaban a la gente.

-¿Qué representó en su vida el haber ayudado a los asaltantes?

Para mí fue algo bastante grande porque salvé la vida de varios compañeros. Después de eso, me hicieron del Movimiento 26 de Julio.

-Usted era muy joven. No tenía inclinaciones políticas. ¿Qué lo motivó entonces a sumarse a la lucha?

Juancito Olazábal, que trabajaba en el Casino, dijo que a mí había que incorporarme al movimiento. Entonces dijeron que no porque era muy menor. Él dijo “¿Menor? ¿Y cómo salvó tantas vidas?” Un primo mío que era miembro del 26 de Julio me dijo que yo tenía que ser parte de esa lucha.

-Fue parte del movimiento por embullo adolescente.

No, no, porque vaya… seguí en eso. Con el tiempo tuve conocimiento de todo, de por qué luchaba. Yo me incliné por la lucha porque mi familia era muy pobre y la Revolución era para defender a los pobres.

-¿Cuál fue su participación en el Movimiento?

En la clandestinidad yo regaba propaganda, buscábamos medicinas, alimentos, dinero. En la huelga que se hizo, iban los casquitos cerrando las tiendas y nosotros atrás abriéndolas. Yo andaba en una bicicletica y me denunciaron, así que tuve que coger para el monte más o menos a los 17 años. Estuve en La Caridad, en la Sierra Maestra, hasta que triunfó la Revolución. Después luché contra bandidos, fui a Angola, soy de la Asociación de Combatientes. Desde que ayudé a los asaltantes no he dejado la Revolución en ningún momento.

-Usted ayudó a hombres vestidos de guardias. En ese primer momento debió pensar que se trataba de esbirros. Así como auxilió a revolucionarios habría apoyado a los sabuesos de la tiranía batistiana.

A lo mejor los habría ayudado. Yo no sabía nada. Y menos mal que no me dio por salir ligero y dejarlos, porque por lo menos tuve la valentía de seguir con ellos por el medio del monte, que eso no es muy fácil.

Acerca de cmkx1938
Emisora provincial de Granma, Cuba.

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